la poesía se me sube por los huesos
me muerde la boca
la poesía cala
se acabaron las reservas
y la poesía acude a mí
las palabras clavan sus patas en mis orejas
después salen corriendo despavoridas
no las alcanzo
Andar, despacito, tal vez sin apuro, bajo el lindo sol esférico y peludo. Y llegar después de saltar un rato sobre los adoquines. Sin embargo es lindo porque el asiento de mi bicicleta tiene una buena amortiguación. Además estaba estrenando neumàticos. Lo que puede decirse así: era toda una alegría, una vez más, atravesar tercos tramos trechos de la ciudad sobre los inclaudicables fierros azules. En el camino algún que otro sobresalto, una moto que me pasó imprudetemente, algún taxista ciego, peatones que no saben por dónde caminar, palomas suicidas, de todo un poco, pero nada terrible, salvo al llegar a una esquina, sobre la avenida independencia, habiendo pasado Jujuy, un grupo grande de adolescentes gritando y gestigulando con vehemencia hacia unos polícias, no entendí bien que pasaba, la policía corría, ellos corrían y gritaban se aglomeraban, se dispersaban, planeaban estratégias. Desde dónde estaba yo los hombres de uniforme no se veían bien y parecían pocos. Cuando el semáforo dío verde todos los autos quisieron arrancar y la calle estaba llena de chicos, yo quise ir con los autos pero de repente toda la muchachada entro a correr en dirección contraria, como si adelante viniesen unos robots gigantes lanzando llamas o bombas. Eso no lo dudo. Así que bajé de la bici y camine hasta la esquina, espere el nuevo semáforo y agarre por la perpendicular a Independencia. Así pues llegué. Até la bicicleta al poste de siempre y toque tiembre. Abren la puerta, luego de gritar preguntando quién soy, contesto y entro. Ellos están allí con sus computadoras y elementos inútiles. Al verme aperecer me esquivan, bajando sus miradas, para nada silenciosas, que hablan del desprecio, de su “falta de tiempo” y la cómoda soberbia que los regocija. Yo les lanzó un hola que tal. A lo que no responden más que con lo mismo, indiferencia. El que me antendió, un hombre flaco, desgarbado, onda beatles pero triste, muy lánguido pues, me hace esperar ahí parada, yo empiezó a percibir mi olor fuerte de haber andado rato bajo el sol con algo de velocidad y también miedo, el miedo práctico que hace que me cuide de no ser pisada, creo. Y huelo también mi olor a otras cosas. Estoy incomóda. Observo a estós dos “jefes” que no se dignan a notar mi presencia o tal vez todo lo contrario, uno de ellos habla por teléfono, y su voz suena tan fuerte y dura, que me lastima. Entonces el beatles jorobado me da el cheque que fui a buscar, es el cobro de un trabajo que hice hace unas semanas para ellos, o no sé para quién. Incrédulamente, agradezco a las máquinas escalofriantes, las saludo, vuelvo a no recibir un solo gesto de atención, salvo del escarabajo que se hace cargo y me despedide. Me despido. Cruzó la calle desato el fierrerío, camino unos pasos hasta encontrar a un hombre sentado bajo el sol, algo somnoliento, su ropa está llena de grasa y aceite, parece trabajar en un taller mecánico o algo que lo pone en contacto permantente con otro tipo de máquinas, tal vez más humanas que estos a los que acabo de despedir. Entonces lo interrumpo de sus pensamientos preguntándole como hago para llegar a santa fé para agarrar cabildo. Uh! dice, es lejos, y me explica más o mejos como llegar.